Una mirada desde lo empírico y la episteme

El pez, las redes y la mentira

Tiempo de lectura: 9 minutos

¿Por qué nos molesta tanto que nos engañen?

Una reflexión sobre la confianza, el engaño y nuestra necesidad de orientarnos en la realidad.


El pez que aprendió a reconocer las redes

Imaginemos por un momento que soy un pez.

Vivo en un océano enorme y, como cualquier pez, poseo un instinto elemental de supervivencia. Con el tiempo descubro que existen hombres que arrojan redes al mar para atraparnos.

No necesito comprender ingeniería, economía pesquera ni las motivaciones profundas del pescador. Me alcanza con aprender algo bastante sencillo:

si reconozco una red, trato de evitarla.

Además, no parto de cero. Tengo mi propia experiencia y puedo aprender de la experiencia de otros peces. He visto peces quedar atrapados. He observado determinadas formas, movimientos y situaciones que anuncian peligro.

El problema es que los pescadores también aprenden.

Construyen redes más sofisticadas, menos visibles y más difíciles de reconocer.

En el mundo humano sucede algo parecido.

Durante siglos hemos conocido dirigentes políticos, religiosos, empresarios, comunicadores y personajes poderosos capaces de utilizar palabras, símbolos, emociones y relatos para influir sobre enormes cantidades de personas.

Pero las redes no solamente vienen desde arriba.

En el océano también están los otros peces.

Nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros familiares y nuestros compañeros. Personas que comen con nosotros, conocen nuestras historias y reciben nuestra confianza.

Y los peces también pueden aprender a tejer pequeñas redes.

Laocoonte y sus hijos. Representa al sacerdote troyano Laocoonte y a sus dos hijos mientras son atacados por serpientes marinas. Según el mito, Laocoonte había advertido a los troyanos que desconfiaran del caballo de madera dejado por los griegos: «Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos». Museos Vaticanos


¿Qué es realmente una mentira?

Solemos imaginar la mentira de una manera demasiado sencilla: alguien conoce la verdad y dice exactamente lo contrario.

Pero el engaño humano es bastante más complejo.

Una persona puede decir cosas verdaderas y, sin embargo, producir deliberadamente una impresión falsa. Puede seleccionar determinada información, omitir otra, exagerar algunos elementos o presentar ciertos argumentos para conducir a su interlocutor hacia una conclusión conveniente.

Por eso resulta útil distinguir entre falsedad y engaño.

Una falsedad consiste en comunicar algo que no corresponde con los hechos. El engaño es más amplio: implica conseguir que otra persona construya una representación equivocada de la realidad.

Y para engañar no siempre es necesario mentir de manera explícita.

Las verdades también pueden convertirse en hilos de una red.

La diosa griega de la justicia es Temis. La Justicia, de Rogelio Yrurtia. Palacio de Justicia de la Nación


Cuando alguien utiliza lo que sabe de nosotros

Pensemos en una situación cotidiana.

Le pido algo en secreto a una persona cercana. Esa persona no quiere involucrarse.

Tiene todo el derecho del mundo a decirme:

“No quiero participar de esto.”

Eso sería establecer un límite.

Pero imaginemos que, en lugar de hacerlo, me dice:

“Yo quiero lo mejor para vos. Creo que no deberías hacerlo. Acordate de aquello que vos mismo me dijiste. Esto no coincide con tus valores y podría traerte problemas.”

Incluso puede utilizar recuerdos, temores, valores o confidencias que alguna vez le entregué precisamente porque confiaba en ella.

Entonces comienzo a desarmar el discurso.

Como si fuese una ecuación, intento despejar la X.

Y aparece una hipótesis diferente:

¿Realmente intenta protegerme o simplemente no quiere involucrarse y procura conseguir que yo abandone la idea sin tener que decírmelo directamente?

La diferencia es importante.

Decir “no quiero hacerlo” conserva la autonomía de ambos.

Yo puedo aceptar su negativa, discutirla o buscar otra alternativa.

Pero si alguien oculta su propia motivación y utiliza información personal que conoce sobre mí para conducirme hacia determinada decisión, ocurre algo diferente.

Ya no está solamente estableciendo un límite.

Está intentando administrar mi decisión.

Y aquí aparece una de las razones por las cuales determinadas formas de engaño nos molestan tanto.

Los guerreros de Turandot en Colón Fábrica. Esculturas escenográficas inspiradas en los célebres guerreros de terracota de Xi’an, creadas para la puesta de Turandot, de Giacomo Puccini, en el Teatro Colón. La ópera gira en torno a tres enigmas: la princesa Turandot promete casarse con quien consiga resolverlos, pero condena a muerte a quienes fracasan. El príncipe Calaf supera el desafío y le propone un último enigma: descubrir su verdadero nombre antes del amanecer.


Cuando la red está tejida con confianza

La situación se vuelve todavía más delicada cuando existe intimidad afectiva.

Imaginemos que alguien con quien mantengo una relación me asegura que no estuvo con su expareja.

Sin embargo, algo no encaja.

Posteriormente encuentro una fotografía en una red social que contradice aquella versión. Solamente cuando confronto a la persona con la evidencia reconoce lo sucedido.

¿Qué es exactamente lo que duele?

Naturalmente puede doler el acontecimiento en sí.

Pero aparece una segunda cuestión, quizá todavía más importante:

¿Puedo utilizar lo que esta persona me dice como información confiable para tomar mis propias decisiones?

Esta pregunta cambia completamente el problema.

Ya no estamos hablando solamente de una expareja, una fotografía o una noche determinada.

Estamos hablando de confianza.


La confianza es una especie de crédito

Los seres humanos no podemos comprobar permanentemente todo lo que nos dicen.

Sería imposible vivir así.

Cuando un amigo dice que estuvo en determinado lugar, normalmente no le pedimos la ubicación de su teléfono.

Cuando nuestra pareja explica dónde estuvo, no contratamos un investigador.

Cuando alguien querido nos cuenta algo cotidiano, no iniciamos una investigación judicial.

Confiamos.

Y confiar significa hacer algo extraordinariamente importante:

aceptamos provisionalmente la palabra del otro como una representación suficientemente confiable de la realidad.

Podríamos llamarlo una especie de crédito de confianza.

Cuando confío en alguien estoy diciendo, aunque nunca lo formule de esta manera:

“No necesito comprobar personalmente esto porque considero tu palabra suficientemente confiable.”

Por eso la mentira de una persona cercana puede afectarnos mucho más que la mentira de un desconocido.

Al desconocido nunca le entregamos demasiado hilo.

A la persona querida, sí.

Y algunas redes pueden terminar construidas precisamente con los hilos de confianza que nosotros mismos entregamos.


Lo que realmente molesta de la mentira

Llegamos así al centro del problema.

Quizá lo que resulta intolerable de algunas mentiras no sea simplemente:

“Me dijiste algo que no era cierto.”

Hay algo más profundo:

“Mientras yo creía que ambos estábamos mirando la misma realidad, vos estabas decidiendo qué parte de esa realidad podía conocer.”

Y eso afecta nuestra autonomía.

Para decidir necesitamos información.

Supongamos que tengo que elegir entre A y B.

Mi decisión depende de lo que conozco sobre A y sobre B.

Pero alguien posee información importante, la oculta deliberadamente y me proporciona otra versión porque sabe que de esa manera probablemente elegiré A.

Formalmente sigo siendo yo quien decide.

Sin embargo, las condiciones de mi decisión han sido manipuladas.

Es como permitirme elegir un camino después de haber modificado las señales del mapa.

Por eso determinadas mentiras producen una sensación tan particular de haber sido utilizados.

No solamente cambiaron nuestro mapa.

Alguien sabía que el mapa era incorrecto mientras nosotros intentábamos orientarnos con él.

La puerta del Infierno, expuesta en el Museo de Orsay de París, Rodin representa cuerpos atrapados en sus propios tormentos. La mentira también puede convertirse en una prisión: quien miente queda obligado a sostener su engaño, mientras quien lo descubre comienza a dudar no solo de una palabra, sino de toda la relación. A veces, el verdadero infierno no es conocer una verdad dolorosa, sino habitar una realidad construida por otro.


Pero el pez también puede equivocarse

Hasta aquí parecería que la moraleja es sencilla:

hay que aprender a detectar redes.

Sin embargo, existe otro peligro.

Después de escapar de varias redes, nuestro pez podría comenzar a pensar:

“Todo hilo que veo pertenece a una red.”

Y entonces tendría un problema diferente.

El cerebro humano es extraordinariamente bueno reconociendo patrones. Esa capacidad nos permite aprender de la experiencia y anticipar peligros.

Pero también puede engañarnos.

Una vez que sospechamos que alguien está mintiendo, podemos comenzar a prestar mucha más atención a aquello que confirma nuestra sospecha y menos atención a aquello que podría contradecirla.

Por eso necesitamos distinguir entre sospecha y evidencia.

No es lo mismo preguntarnos:

“¿Qué mentira me está ocultando esta persona?”

que preguntarnos:

“¿Cuáles son las posibles explicaciones de lo que estoy observando y qué evidencia permitiría distinguirlas?”

La diferencia parece pequeña.

Es enorme.

La primera pregunta ya contiene un culpable y busca demostrar su culpabilidad.

La segunda contiene una hipótesis y acepta la posibilidad de estar equivocada.

Eso se parece mucho más al pensamiento científico.


Despejar la X

Me gusta imaginar estas situaciones como una ecuación.

Tenemos algunos datos:

lo que la persona dijo, lo que hizo, lo que nosotros observamos, la información independiente disponible y las contradicciones que eventualmente aparecen.

Intentamos despejar la X.

Pero hay que recordar algo fundamental:

una misma ecuación humana puede admitir diferentes explicaciones.

Una persona puede ocultar algo porque quiere manipularnos.

También puede hacerlo por miedo.

Por vergüenza.

Por cobardía.

Para evitar un conflicto.

Para proteger su propia imagen.

Porque teme perder la relación.

O porque nosotros interpretamos incorrectamente alguna parte de la situación.

Comprender esas alternativas no significa justificar una mentira.

Significa algo intelectualmente mucho más importante:

no decidir cuál es la realidad antes de terminar de observarla.


No somos detectores de mentiras

Existe además una creencia bastante seductora: después de haber sufrido algunos engaños podemos pensar que hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para reconocer mentirosos.

“Yo ya sé cuándo alguien me miente.”

Conviene ser prudentes.

La investigación psicológica sobre el engaño —incluidos los trabajos desarrollados en español por investigadores como Jaume Masip y Carmen Herrero— muestra que muchas de las señales populares que asociamos con la mentira son mucho menos fiables de lo que solemos creer.

Desviar la mirada, ponerse nervioso, hacer determinados movimientos o vacilar no constituye una máquina humana de detectar mentiras.

Una persona inocente puede ponerse extraordinariamente nerviosa al ser acusada.

Y alguien acostumbrado a engañar puede hablar con absoluta tranquilidad.

Por eso resulta más razonable atender a inconsistencias, evidencia independiente y patrones sostenidos en el tiempo que confiar excesivamente en nuestra intuición.

El pez necesita experiencia.

Pero también necesita método.


Una mentira no es necesariamente un mentiroso

También necesitamos introducir una distinción incómoda pero importante.

Que una persona haya mentido no demuestra automáticamente que todo lo que dice sea mentira.

Los seres humanos mentimos por razones muy diferentes y en circunstancias muy diferentes.

Eso no significa justificar el engaño.

Significa distinguir entre un comportamiento y un patrón.

Una contradicción aislada puede ser un error.

Una omisión puede provenir de vergüenza.

Una evasión puede surgir del miedo al conflicto.

Pero cuando aparece repetidamente la misma secuencia —ocultar información relevante, negar hechos comprobables y reconocerlos solamente cuando aparece evidencia— ya no estamos observando únicamente un episodio.

Estamos obteniendo información acerca de la confiabilidad de una relación.

Y esa información también merece ser tomada en serio.


No necesito comprender toda la red para alejarme

Esta quizá sea una de las enseñanzas más importantes.

Cuando descubrimos una posible mentira podemos sentir una enorme necesidad de reconstruir absolutamente todo:

¿Por qué lo hizo?

¿Cuándo comenzó?

¿Qué parte era cierta?

¿Qué otras cosas habrá ocultado?

¿Quién más lo sabía?

¿Qué habría ocurrido si yo no encontraba aquella evidencia?

Es comprensible.

Nuestro cerebro intenta reconstruir el mapa después de descubrir que una parte estaba equivocada.

Pero existe un momento en el cual seguir investigando puede dejar de proporcionarnos libertad.

No siempre necesitamos comprender exactamente cómo fue tejida una red para decidir no nadar hacia ella.

Puedo desconocer algunas motivaciones de la otra persona y, aun así, concluir:

“Con la información que tengo, ya no puedo concederle el mismo grado de confianza que antes.”

Eso no requiere odio.

No requiere venganza.

Ni siquiera requiere demostrar que comprendimos cada detalle de lo sucedido.

Requiere aprender.


La paradoja final

Probablemente nunca podamos construir una vida en la que nadie vuelva a mentirnos.

Pretenderlo sería pedirle al océano que deje de tener redes.

Nuestra libertad está en otra parte.

Está en desarrollar un criterio suficientemente bueno para:

confiar sin ser ingenuos, verificar sin obsesionarnos y establecer límites sin convertir cada vínculo en una investigación policial.

Porque existe una paradoja.

Si después de haber sido engañados dedicamos nuestra vida entera a buscar redes, quienes nos engañaron continúan condicionando nuestra manera de nadar incluso mucho después de que logramos escapar.

El pez que aprendió demasiado bien la existencia de las redes podría terminar dejando de explorar el océano.

Y entonces la red habría conseguido algo todavía más extraordinario:

atraparlo sin siquiera tocarlo.

Quizá allí esté la verdadera moraleja.

La sabiduría del pez no consiste en descubrir todas las mentiras.

Consiste en aprender de ellas sin permitir que destruyan su capacidad de confiar.

Porque la confianza saludable no consiste en cerrar los ojos ante las redes. Consiste en no tener que pasar toda la vida nadando en busca de una.

El beso, de Víctor Delfín — Parque del Amor, Lima. Esta monumental escultura, ubicada frente al océano Pacífico en el distrito de Miraflores, representa a una pareja abrazada y entregada a un beso. Es un homenaje al amor vivido sin reservas: ese instante en que sobran las explicaciones y los cuerpos dicen aquello que las palabras no siempre consiguen expresar


Referencias

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Martínez Selva, J. M. (2009). La psicología de la mentira. Barcelona: Paidós.

Masip, J., Garrido, E. y Herrero, C. (2004). Definición de engaño. Anales de Psicología, 20(1), 147-171.

Masip, J. y Herrero, C. (2015). Nuevas aproximaciones en detección de mentiras I: antecedentes y marco teórico. Papeles del Psicólogo, 36(2), 83-95.

Masip, J. y Herrero, C. (2015). Nuevas aproximaciones en detección de mentiras II: estrategias activas de entrevista e información contextual. Papeles del Psicólogo, 36(2), 96-108.

Rabazo Méndez, M. J. (2012). Construcción social del engaño y la mentira a través de los cuentos maravillosos.

Viñambres González, R., Ramos Romero, M., Juárez Bielsa, A. y López Pérez, R. (coords.) (2020). Manual de detección de la mentira y el engaño: una aproximación académico-aplicada. Fundación Universitaria Behavior & Law.

Cómo citar este artículo:

Román, A. M. (2026). El pez, las redes y la mentira [Día Mes, Año de la consulta on line].